La primera lección de crochet

Una tarde de invierno, la hornalla de la cocina encendida, como siempre, y mi abuela Nélida iba y venía, calentado la pava para el mate. Algo hervía en una olla y sobre los vidrios empañados yo dibujaba, una y otra vez. Tenía seis años y le pedí que me enseñara a tejer. Con sus anteojos sobre la mitad de la nariz me miró y levantando el dedo índice, dijo: “Marianita, ¿sabes que tienes que ser paciente? No vas a aprender hoy. No te pongas nerviosa”.

Fuimos juntas a su cuarto, buscó una llave en un cajón y con ella abrió la puerta de un ropero. Allí esperaba una aguja de crochet gruesa. Luego buscó una bolsa con “puchos” de lana, restos de otros tejidos. No tenía que ser lana muy finita, ni muy clara, ni demasiado oscura, ni tener muchas hebras. Eligió una celeste. Y luego un bollito de lana. “¿Ves porqué hay que guardar todo? Uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar”, dijo. Luego volvimos a la cocina, donde el vidrio se había empañado otra vez. Puso la pava y me invitó un mate dulce y calentito…

La abuela no me dio ni la aguja, ni el hilo celeste. Sólo el bollo de lana enredado. Se cebó un mate para ella y sólo dijo: “Tienes que aprender a ovillar un hilo. El primer paso para tejer es que puedas desatar un enredo. Si sos capaz de esto, entonces es que ya tienes la paciencia para aprender a tejer”.

No sé cuánto tardé. El bollo de lana apelmazado y enredado no era grande, pero para mis seis años fue todo un desafío. Recién a mis cuarenta años entendí la primera lección de la abuela. Hay cosas que ocurren antes, pero se explican después. Entre eso y lo otro, aprendí a tejer”.
 


Chari