Mi papá y el mejor juego del mundo

A eso de las seis, mi papá regresaba de la fábrica y, como un gigante, subía las escaleras a grandes zancadas. En el living buscaba su guitarra y se ponía a practicar una pieza mientras la abuela escuchaba en la radio las últimas campanadas del Ángelus y el nono Mario terminaba de afeitarse por tercera vez en la semana. Papá repetía una y otra vez la melodía, y ahí donde se le trababan los dedos, retomaba, tratando de domarla. A veces, luego de un momento de frenética ejercitación, aparecíamos nosotros pidiéndole jugar. Y él nos decía: “Vamos a jugar a las estatuas. Cuando yo toco, ustedes bailan. Cuando paro, se quedan quietos”. Ese juego, que nos encantaba, le permitía cortar la melodía y volver a empezar. Y lo que para él era un error de ejecución, para nosotros se convertía en la parte más divertida de la tarde.

 


Chari