Tardes con maniquí

A las tres de la tarde tocaban el timbre. Había que bajar los diecisiete escalones y decir ‘pase nomás’,  aunque la puerta nunca se cerrara con llave. La Pancha y la Carmen se encerraban en el cuarto-taller de la entrada, donde trabajaba mi mamá, la Yuly, que en invierno se tiraba a hacer la siesta con un pulover negro de angora y así, medio despeinada, aparecía al ratito con sus botas en la mano. Para entonces, la Pancha  ya se empecinaba con las arrugas de los vestidos para entregar, evaluando permanentemente la temperatura de la plancha y mirando, por el gran ventanal, el partido de fútbol donde mi hermano y los chicos del barrio, jugaban, levantando un gran polvaderal. La Carmen, casi acostada sobre la enorme mesa de corte, cortaba cada tela con una tijera gigante de sonido aterrador. Y yo, escondida bajo la mesa, veía llover recortes de colores. Media hora más  tarde, llegaba la tía Marga, impecable, con su chemisier y cinturón al tono, y un hermoso bolso que hacía juego con los zapatos. Y  en el taller, donde ya había risas, se ubicaba delante del maniquí, abriendo sus piernas, con el chemisier arriba de las rodillas y un sobre de paño-lenci, lleno de alfileres, agarrado del pecho. Mamá acercaba también su silla, abría las piernas y alrededor del cuello se colgaba un centímetro. Enfrentadas al maniquí, recorrían, inquisidoras y sabihondas, cada costura de la toile. Señalando aquí o allá, sin hablar, los gestos bastaban: ¡Aquí hay que levantar la tela! ¿Y el hombro? ¿La cintura? ¡Hay que profundizar una pinza, bajar el cinto, sacar la punta que se formó en el corpiño, aflojar la sisa de la espalda para que a la clienta no se le vean los rollos, subir el ruedo porque es petisa!  

-¡Yuly! Con ese canesú, cuando la clienta levante el brazo se le va a rajar el vestido- advertía la tía Marga.

-¡Que no levante el brazo! -reía mi mamá-.  ¿Justo cuando se casa el hijo? ¡Que se aguante! ¡Lo levantará otro día!

La Carmen y la Pancha reían, sin perder el hilván de sus tareas. Y entre puntada y puntada se contaban historias de cómo crecen los hijos, de los esposos, de la piecita del fondo que penosamente iban construyendo, o que iban a pavimentarles la calle de tierra. Mientras la Margarita y la Yuly pulseaban opiniones. Al final de la jornada, la Carmen unía las mitades cortadas con puntadas flojas. Y la Pancha, soñando, se iba por la ventana, mientras, con el vapor de la plancha, expiraban las últimas improlijidades de la tarde.

 


Chari