La abuela y sus tamales

Aprendí a hacer tamales en Buenos Aires, porque extrañaba la comida de mi abuela. En orden de importancia, las recetas de mi abuela comenzaban por cuánto tiempo le había tomado aprender a hacer ese plato. Luego, para quién lo cocinaba. Y, finalmente, los ingredientes, recitados desordenadamente, casi como si no fueran importantes las cantidades, sino únicamente cómo debía oler cada uno de ellos. También importaba dónde hace la compra: el  choclo, el zapallo y la harina de maíz, siempre, en el mismo puesto del mercado, al igual que las chalas secas. Y no debían faltar los yuyos: barba de choclo, bolsa de pastor y cola de caballo, para hacer cierto té que "limpiaba" los riñones, y que se debía tomar mientras cocinábamos. La abuela tenía una forma de elegir las calabazas, según el sonido hueco que provocaban sus nudillos contra la cascara. Ningún texto gourmet puede compararse a ese oído musical de la abuela.

 


Chari