La Negra y el libro más hermoso

La siesta: las puertas de todos los cuartos se cierran. Leve, el rasguido de los ventiladores acaricia el sopor de la sobremesa. Pero La Negra es la última en acostarse.

Después de acomodar la cocina, y hornear los restos de masa para hacer chipaco y tortilla para el mate, rengueando, con su radio en quichua, se sienta a descansar. Pero antes toma un cuaderno viejo y sin tapas adentro del cual hay cientos de papelitos de todos los colores, de bombones, caramelos, alfajores, chocolates. “Aquí están todos los dulces que he comío desde que he empezao a trabajar con tus abuelos -me explica La Negra-. Los he juntao todos los días y los he acomodao: los que tienen rayitas, los que tienen burbujitas, los que no tienen nada”. Y es verdad que están todos prolijamente guardados, sin una arruga, en un pequeño mundo de orden, brillante y colorido.

La Negra  no sabia leer ni escribir, pero nadie en mi familia había hecho algo tan bello como ese cuaderno secreto donde, para ella, cada bombón era único; cada papel guardaba la experiencia de algo irrepetible. Así era La Negra: una dulzura alisada, un esplendor que se escondía.

 


Chari