Los remedios de la abuela

Flaquitas como dos fideos, mi hermana y yo éramos las destinatarias perfectas para los remedios de mi abuela: nos despertaba con la humareda de dos bifes en la cocina, y medio vaso de jugo de carne bien salado para protegernos de la ventisca invernal. Algunos viernes -despues del colegio- nos llevaba a las Termas de Río Hondo, armada con un canasto lleno de ramas de eucaliptus, que sumergía en los baños termales al mismo tiempo que a nosotras. Un par de horas jugando dentro de ese té verdoso y salíamos, probablemente, con los bronquios fortalecidos. Las mandarinas se comían mirando al sol y con un rico té de poleo. Si había cistitis, el té de cola de caballo, barba de choclo y bolsa de pastor era lo indicado, y para el dolor de huesos y la flema, el  emplasto de arcilla y los trapos calientes, que ella misma planchaba al lado de nuestra cama para aplicarlos in situ. Pero el elixir más extraño de la abuela era el que preparaba hirviendo leche, ajo y mistol, que había que aplicar en ayunas para combatir parásitos… tan horrible, que creo haber comenzado a rezar en aquel momento de mi vida… para sobrellevarlo.


Chari