El barrio

La esquina de la 3 de febrero y 24 de septiembre -zona de fincas en los años 40- fue el lugar donde mis abuelos levantaron su casa, un aserradero y el taller “La Piemontesa”. Allí nacimos mi papá, primero,  y mucho después nosotros. Por las calles de tierra aparecían de cuando en cuando carpas de gitanos que pedían usar la canilla de agua -la única de la zona- y algún corte de madera para hacer fuego. A cambio, leyeron las manos de la familia y nos dieron sus  bendiciones. Mientras el abuelo hacía toda la carpintería de la escuela Normal en construcción, frente a la casa, papá jugó entre sus cimientos y más tarde eligió ser carpintero, también: construyó escritorios y arregló pupitres donde mis hermanos y yo estudiamos, y conocimos a los amigos de toda la vida. El barrio era una comunidad de amigos y vecinos que se saludan mientras unos pasan y otros barren la vereda. Los olores saliendo de cada cocina, el árbol perfumado de la casa de al lado. El barrio y nosotros crecíamos juntos.

Chari