Mandarinas y amor

Un vaso con Chianti y los aromas de la cocina le daban la bienvenida al nono Mario a la vuelta de la fábrica. Y mientras nos preguntaba qué habíamos hecho en la escuela, nos preparábamos para disfrutar la comida de la abuela Nélida, que siempre concluia con un té de poleo para compartir. La abuela fue la primera persona que recuerdo hablar de que “hay que comer sano”. Y quizás lo sano eran todas esas emociones, ese estar rodeados de los seres que mas quería, la puntualidad monástica de las comidas, las pequeñas charlas, y el pilón de mandarinas de postre -que durante el otoño e invierno comíamos en la terraza, entre las macetas, la cara mirando el sol.

Chari